lunes, 20 de mayo de 2013

Escultura madrileña del primer Renacimiento (1): las 'capillas de los obispos'

En la primera mitad del siglo XVI hubo en Madrid una intensa actividad artística, con especial énfasis en el terreno de la escultura, que floreció gracias al mecenazgo de cuatro grandes personalidades, arraigadas en nuestra ciudad:

- Alonso de Castilla, obispo de Calahorra y La Calzada
- Gutierre de Carvajal, obispo de Plasencia
- Alonso Gutiérrez, tesorero real
- Beatriz Galindo "La Latina", preceptora de Isabel la Católica.

Bajo su patrocinio surgieron notabilísimos conjuntos escultóricos, no solo en la villa, sino también en otros puntos de Castilla. Lamentablemente, los madrileños no hemos sabido conservar más que unos cuantos restos, más allá de la espléndida Capilla del Obispo, que ha llegado hasta nosotros prácticamente intacta.

Un oficio clave en estas obras fue el de los entalladores-canteros, artífices de los adornos pétreos con los que se decoraban capiteles, sepulcros, portadas y demás elementos arquitectónicos, como era preceptivo en el plateresco, el estilo que triunfaba a principios del siglo XVI.

La ciudad tuvo su propio gremio de entalladores-canteros, la mayor parte de ellos de procedencia vasca, con nombres que, como Fernán Pérez de Alviz, Pedro de Alviz, Juan Navarro o Pedro de Goitia, se repiten insistentemente en la documentación de la época.

Estos artesanos se atrevían incluso con estatuas y relieves de envergadura, si bien este tipo de trabajos solía encargarse a escultores profesionales, mucho más diestros que aquellos en las tareas de modelación, de los que no había muchos en Madrid.

Por esta razón, se recurría a artistas foráneos, como Felipe Vigarny (1475-1543), Esteban Jamete (1515-1565), Gaspar Becerra (1520-1568) o Franciso Giralte (1510-1576), aunque también hubo escultores locales muy activos, caso de Francisco Hernández.


Estatua de Alonso de Castilla. Museo Arqueológico Nacional (Madrid). Fotografía: CERES.

A continuación repasamos el legado artístico de los obispos Alonso de Castilla y Gutierre de Carvajal, con sus respectivas capillas funerarias. Y es que Madrid tuvo la suerte de tener dos 'capillas de obispos', a cual más bella, pero desgraciadamente solo nos queda una.

Alonso de Castilla, obispo de Calahorra y La Calzada

Entre 1538 y 1541, Alonso de Castilla (1523-1541), obispo de Calahorra y La Calzada, se hizo levantar una capilla funeraria en el desaparecido Monasterio de Santo Domingo el Real, en cuyo solar se extiende hoy la plaza homónima.

El maestro de obras fue Fernán Pérez de Alviz, bajo la supervisión del arquitecto real Luis de Vega, de origen madrileño, que por entonces estaba al frente de la reforma del Alcázar de Madrid, junto con Alonso de Covarrubias.

La capilla contenía tres bultos sepulcrales, uno correspondiente al obispo y los otros dos a sus padres, presididos por un grandioso retablo de talla. Vemos, por tanto, un enorme paralelismo con la otra 'capilla del obispo', situada en el complejo parroquial de San Andrés, en la Plaza de la Paja, que analizamos más abajo.

Los cenotafios fueron encargados inicialmente a los entalladores-canteros Pedro de Alviz y Martín de Ibarra, pero finalmente recayeron sobre los prestigiosos escultores Felipe Vigarny y Esteban Jamete, aunque también intervino Gregorio Vigarny (o Gregorio Pardo), hijo de aquel.

El conjunto se perdió en el último tercio del siglo XIX, con la dolorosa demolición del monasterio. Solamente han llegado a nuestros días tres piezas, que forman parte de la colección del Museo Arqueológico Nacional, aunque no todas se exhiben en la exposición permanente.


Detalle de la estatua de Alonso de Castilla. Museo Arqueológico Nacional (Madrid). Fotografía: Margarita Estella.

La de mayores dimensiones es la estatua orante del obispo, hecha en alabastro por Esteban Jamete y Gregorio Vigarny. Curiosamente se encontraba en la Iglesia de San Pedro el Viejo, donde cabe entender que fue llevada desde Santo Domingo el Real por alguna razón desconocida.

Debido a esta deslocalización, hasta hace poco se creía que la figura correspondía a Fray Antonio de Luján, obispo de Mondoñedo, pero el escudo de los Castilla que hay labrado en la misma no deja lugar a dudas.


Asunción de la Virgen. Museo Arqueológico Nacional (Madrid). Fotografía: CERES.

Las otras dos esculturas que se conservan son una Asunción de la Virgen, realizada por Gregorio Vigarny, y una Virgen con el Niño, que algunos autores atribuyen a Francisco Hernández. Este escultor confeccionó igualmente el retablo de la capilla, del que no queda absolutamente nada.


Virgen con el Niño. Museo Arqueológico Nacional (Madrid). Fotografía: Margarita Estella.

En el Museo Arqueológico Nacional se exhibe también una cabeza de mármol de un paje, procedente de Santo Domingo el Real, de la que apenas se tienen datos. Es posible que formara parte de un sepulcro anterior al que acabamos de analizar, probablemente de la segunda mitad del siglo XV. La pieza posee una elevada calidad artística, con un estilo muy próximo al del escultor hispano-flamenco Egas Cueman.


Cabeza de paje. Museo Arqueológico Nacional (Madrid). Fotografía: CERES.

Gutierre de Carvajal, obispo de Plasencia

Al mecenazgo de Gutierre de Carvajal (1506-1559) se deben los impresionantes conjuntos escultóricos de la Capilla de Santa María y San Juan Letrán, en su honor llamada del Obispo, que figuran entre los más importantes del Renacimiento español. Están integrados por dos puertas labradas con relieves, tres bultos sepulcrales de alabastro y un soberbio retablo.

La primera de las puertas citadas da al exterior y fue confeccionada por algún discípulo por Francisco Giralte, con escenas bíblicas y escudos heráldicos. Mucho más valiosa es la segunda, situada en la parte interior, considerada como una obra maestra de la talla en madera. Los nombres de Francisco de Villalpando (1510-1561) y de Cristóbal de Robles se barajan como sus posibles autores.

Las restantes obras escultóricas fueron realizadas por Francisco Giralte (1510-1576), que, para tal fin, se instaló en Madrid a mediados del siglo XVI. Para el retablo contó con la colaboración de Juan de Villoldo "El Mozo", en las tareas de policromía, dorado y estofado.



Verticalmente, el retablo consta de tres calles, que se reservan a la vida de Jesucristo, y de cuatro entrecalles, en las que hay colocadas veintidós figuras de los Santos Padres y de los Apóstoles. Horizontalmente se organiza en sotobanco y tres cuerpos, con remate de ático con sobreático. Fue terminado hacia 1550.

A ambos lados del presbiterio, custodiando el retablo, se encuentran los cenotafios de Francisco de Vargas e Inés de Carvajal, padres del obispo.

El sepulcro de Gutierre de Carvajal, mucho más grande, queda a la derecha de la nave, encajado dentro del muro. No hay consenso sobre el año en que fue acabado: mientras algunos autores sostienen que el clérigo pudo verlo en vida (murió en 1559), otros retrasan la fecha hasta 1566.



Próximas entregas

- Escultura madrileña del primer Renacimiento (2): el mecenazgo del Tesorero
- Escultura madrileña del primer Renacimiento (3): el mecenazgo de Beatriz Galindo

Bibliografía

Los artistas de las obras realizadas en Santo Domingo el Real y otros monumentos madrileños de la primera mitad del siglo XVI, de Margarita Estella Marcos. Anales del Instituto de Estudios Madrileños XVII. Instituto de Estudios Madrileños. Madrid, 1980.

lunes, 13 de mayo de 2013

Una talla medieval de San Isidro

Rendimos homenaje a San Isidro, uno de los primeros madrileños ilustres, reproduciendo esta fotografía, que hemos descubierto en la revista La esfera, en el número correspondiente al 14 de mayo de 1927. Para nosotros ha sido una auténtica sorpresa, pues la imagen nos revela la existencia de una escultura medieval, que desconocíamos por completo.



Tal y como puede leerse en la citada revista, se trata de una talla policromada del siglo XIV, que estuvo en la Iglesia de San Andrés, una de las más antiguas de Madrid. Lamentablemente, la figura fue destruida durante la Guerra Civil (1936-39).

Según nos señala nuestro amigo Tirso, se encontraba dentro de una hornacina en el lado del Evangelio, junto al retablo mayor, igualmente desaparecido. En el lado de la Epístola, había una imagen de Santa María de la Cabeza, esposa de San Isidro, correspondiente a una época posterior.

Podemos comprobar esta disposición en la siguiente fotografía del interior del templo, que António Passaporte hizo antes de 1936. Es propiedad de la Fototeca del Patrimonio Histórico, del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte.



En la imagen inferior, detalle de la anterior, puede verse la talla de San Isidro en su ubicación original con algo más de nitidez.



La escultura de San Isidro fue expuesta durante la muestra El Madrid antiguo, que la Sociedad Española de Amigos del Arte celebró en el año 1926 en el viejo hospicio de la Calle de Fuencarral (actual Museo de Historia).

En el catálogo de la citada exposición, se ponía el énfasis en el atuendo del santo, muy diferente del ropaje dieciochesco con el que se le suele representar, como un dato revelador del origen medieval de la figura.

En efecto, la vestimenta es la usual de los campesinos de la Edad Media, aspecto que también es visible en las pinturas del arca construida a finales del siglo XIII o principios del XIV para dar sepultura a los restos de San Isidro.


Pintura de San Isidro en su arca funeraria. Fotografía: archimadrid.

Otras esculturas medievales

Aprovechamos la ocasión para hacer un inventario de las esculturas medievales netamente madrileñas que han conseguido sobrevivir a guerras, desamortizaciones, derribos y expolios.

Que sepamos, se conservan en la capital al menos once conjuntos escultóricos correspondientes a la Edad Media. Es muy posible que nos dejemos alguno en el tintero, por eso animamos a nuestros lectores y seguidores a completar la lista.

Empezamos con la Virgen de Atocha, que se conserva en la basílica del mismo nombre, de origen tan remoto como incierto. Según la tradición, la primera referencia de esta figura aparece en el siglo VII, ¿antes de la fundación de Mayrit?


Fotografía: Frayangelico, en Wikipedia.

La Madona de Madrid fue una de las imágenes marianas de mayor devoción del desaparecido Convento de Santo Domingo el Real, que estuvo en el solar donde hoy se extiende la plaza del mismo nombre. Fue tallada en el siglo XIV y actualmente se encuentra en la Calle de Claudio Coello, número 112.

En este monasterio también estuvieron los cenotafios del rey Pedro I el Cruel y de su nieta, Constanza de Castilla, que hoy forman parte de la colección del Museo Arqueológico Nacional. Del primero solamente ha llegado hasta nuestros días una estatua orante, mientas que el segundo se conserva prácticamente completo. Ambos son del siglo XV y están hechos en alabastro.


Fotografía: CERES.


Fotografía:  CERES.

De la primitiva Iglesia de Santa María de la Almudena, demolida en 1869 para trazar la Calle de Bailén, nos ha llegado una lápida sepulcral de mármol, datada en 1487, que perteneció al enterramiento de Diego de Párraga (gracias, Tirso, por el apunte). Se exhibe también en el Museo Arqueológico Nacional.


Fotografía:  CERES.

No abandonamos el citado museo, ya que sus fondos albergan una Virgen de madera del último tercio del siglo XIII, si bien fue modificada posteriormente. Procede del Colegio de Santa Isabel, una institución educativa fundada en 1596 por el rey Felipe II, donde es posible que fuera entregada en donación.


Fotografía:  CERES.

En la Ciudad Universitaria, concretamente en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura, se alza la portada gótica del Hospital de La Latina, que fue edificado a principios del siglo XVI, aunque no en este emplazamiento, sino en la Calle de Toledo. Aquí podemos contemplar los grupos escultóricos de Santa Ana y San Joaquín, acompañados de San Onofre y San Francisco.

La Casa de Iván de Vargas, en la Calle de San Justo, integra algunos restos escultóricos de interés: por un lado, diversos escudos tardomedievales, colocados asimétricamente en las fachadas, y por otro, uno de los pozos milagrosos atribuidos a San Isidro, en cuyo brocal hay labrado un relieve del santo, de rasgos esquemáticos.

Y terminamos con el Cristo de la Buena Muerte, que se venera en la Iglesia de las Maravillas, y con el Calvario de la Iglesia de la Concepción, en la Calle de Goya, las dos únicas crucifixiones escultóricas que tenemos en Madrid de época medieval.

lunes, 6 de mayo de 2013

Los pueblos de la sierra, tal y como fueron

Viajamos a través del tiempo a veinte municipios de la sierra madrileña. Tal ha sido su transformación en las últimas décadas, con aumentos desmesurados de su caserío y de su número de habitantes, que, en la mayoría de los casos, cuesta creer que, hasta hace relativamente poco, fueron pueblos minúsculos, con grandes carencias e, incluso, con problemas de despoblamiento y pobreza.


1.- Becerril de la Sierra, en 1959.


2.- Buitrago del Lozoya, en 1950.


3.- Cercedilla, en 1949.


4.- Collado Mediano, en 1920.


5.- Colmenar Viejo, en los años 60 del siglo XX.


6.- Colmenarejo, en los años 60 del siglo XX.


7.- Galapagar, en 1880.


8.- Guadarrama, entre 1920 y 1936.


9.- Hoyo de Manzanares, entre 1920 y 1936.

10.- Los Molinos, anterior a 1963.


11.- Lozoya, en 1920.


12.- Manzanares el Real, anterior a 1963.


13.- Miraflores de la Sierra, en 1911.


14.- Moralzarzal, en 1957.


15.- Rascafría, anterior a 1939.


16.- San Lorenzo de El Escorial, anterior a 1954.


17.- Soto del Real, en los años 60 del siglo XX.


18.- Torrelaguna, en 1920.


19.- Torrelodones, en 1915.


20.- Villalba, en los años 60 del siglo XX.

Fuentes utilizadas

Las imágenes 1, 3, 7, 11 y 14 proceden del Archivo Fotográfico de la Comunidad de Madrid y pertenecen a las colecciones de Matilde Pontón, del Ayuntamiento de Cercedilla, de José Luis Ayuso, de Pablo Rizo y de Blanca González, respectivamente.

La fotografía 2 es de la Colección DVQVE y la numerada con el 19 fue publicada en el año 1915 por la revista Blanco y negro, con el título El castillo de Torrelodones.

Las fotografías 8 y 9 son obra de Otto Wünderlich; la número 12 fue hecha por António Passaporte; y la 16 proviene del Archivo Moreno. Son propiedad de la Fototeca del Patrimonio Histórico del Ministerio de Cultura.

Las restantes imágenes son tarjetas postales y negativos de varios autores, reunidos por la web Todocoleccion.net.

lunes, 29 de abril de 2013

El antiguo Palacete de la Moncloa (2): jardines

Regresamos imaginariamente a la Moncloa, para visitar sus jardines históricos. Sus orígenes se sitúan en el último tercio del siglo XVII, si bien fue a principios del siglo XIX cuando alcanzaron su configuración definitiva.


El palacete en el año 1929, cuando fue abierto como museo.

Con todo, su aspecto final se debe al pintor y jardinero sevillano Javier Winthuysen (1874-1956), quien, en 1920, procedió a su restauración, a petición de la Sociedad Española de Amigos del Arte. Buena parte de su trabajo se conserva hoy en día, a pesar de los daños causados por la Guerra Civil.


Plano de los jardines, por Winthuysen.

En realidad, Winthuysen solo recibió el encargo de restaurar el Jardín del Barranco, uno de los siete jardines que rodeaban el palacete. Ello no fue impedimento para que investigara sobre todos ellos, hasta reunir una abundante y valiosa documentación, con la que pudo hacerse una idea muy precisa de su apariencia original.

Después de dos años de minuciosa investigación, en 1922 Winthuysen se puso manos a la obra. Según su propia descripción, los jardines estaban muy abandonados, pero mostraban una "belleza natural, algo salvaje", que él intentó preservar.


Plano del Jardín del Barranco, por Winthuysen.

El Jardín del Barranco surgió a espaldas del palacete durante el reinado de Fernando VII o, según otras versiones, durante la regencia de María Cristina. Constaba de dos recintos, el Jardín Alto y el Jardín Bajo, llamados así por su situación en planos diferentes y separados por un muro de contención de considerables dimensiones.



Según las pesquisas de Winthuysen, contaba con estatuas y otros adornos, de los cuales solo había sobrevivido "un estanquito circular en el plano bajo", con una fuente en medio. El trazado primitivo prácticamente había desaparecido, como consecuencia de la plantación de grandes coníferas.

Winthuysen respetó estos árboles, al tiempo que proyectó un nuevo trazado de estilo clásico, utilizando las reglas antiguas de la jardinería castellana. También recuperó la rampa que comunicaba los dos planos, que, con el paso del tiempo, había sido "convertida torpemente en una escalera".


Fuente adosada al muro.

Como elementos nuevos, añadió dos fuentes, que se sumaron a la antes descrita. Una de ellas fue instalada en el Jardín Alto y la otra adosada al muro de contención, que, por su parte, fue revestido con enverjados para rosales, una vez eliminada la maleza que lo cubría.

Los otros seis jardines estaban en terreno llano. Eran conocidos con los nombres del Parterre, del Caño Gordo, del Paso, de la Estufa, del Laberinto y de la Princesa, este último llamado así en honor de Isabel II, que gustaba de jugar en él cuando era una niña.


Jardín del Caño Gordo.

Se sucedían longitudinalmente, formando una franja paralela a la antigua Carretera de El Pardo. Fueron rehabilitados por el ingeniero agrícola Baldomero Gaspar, en colaboración con Ignacio Víctor Clarió, a partir del arduo trabajo de investigación desarrollado antes por Winthuysen.



En 1929, una vez concluida la restauración, los jardines quedaron abiertos al público. Fueron muy frecuentados por los madrileños, como prueba el hecho de que se proyectara una línea de tranvía específica para la Moncloa. Entre sus visitantes más ilustres, encontramos a Antonio Machado y a Manuel Azaña.

El primero, incluso, se inspiró en una de sus fuentes, a la que llamó la Fuente del Amor, para componer un poema dedicado a Pilar de Valderrama, la célebre Guiomar. Lleva por nombre El jardín de la fuente.


Fuente central del Jardín Bajo, identificada como la Fuente del Amor de Machado.

También el político escribió sobre los jardines, aunque, en este caso, para lamentarse de la desaparición de una arboleda, al construirse la Ciudad Universitaria:

"Mi sorpresa ha sido grande cuando al llegar al final de la Calle de la Princesa me he encontrado con la desolación de la Moncloa destruida. De aquel punto arrancaba un paseo de pinos viejos, tortuoso y rústico, hasta la escuela antigua de ingenieros".

"Toda esta parte de la Moncloa, con el paisaje hasta el río, era bellísima, dulce, elegante, lo mejor de Madrid. Ya no queda nada: una gran avenida, rasantes nuevas, el horror de la urbanización. Yo veía con gusto que se hiciese la Ciudad Universitaria, pero no podía imaginar, que en esta parte anterior de la Moncloa fueran a hacer tamaño destrozo".


Javier Winthuysen.

En este mismo sentido se expresó el propio Javier Winthuysen, en un artículo publicado en el año 1931:

"Desde que comenzaron las desdichadas obras de la Ciudad Universitaria, destrozando bárbaramente el único parque natural con que contaba entonces Madrid, habíamos hecho el propósito de no volver por aquellos lugares, en uno de cuyos rincones habíamos puesto durante años todo el cariño, todo el trabajo y todo el ansia de que sé es capaz un espíritu que tiene como religión el arte y la naturaleza".

Los estragos de las obras de la Ciudad Universitaria se limitaron a las zonas agrestes. Por suerte, los jardines propiamente dichos pudieron salvarse, aunque después vendría la Guerra Civil con toda su desolación.



Con la reconstrucción del Palacio de la Moncloa de 1955, los jardines lograron recomponerse y volver a brillar, hasta convertirse en uno de los principales atractivos de este complejo.

Prueba de ello es la fotografía inferior, donde puede verse el Jardín Bajo, con la Fuente del Amor en el centro, en el momento actual. Si se compara con la imagen superior, hecha en 1929 en el mismo lugar (aunque desde otro ángulo), puede comprobarse que la esencia del trabajo de Javier Winthuysen se mantiene.



Bibliografía

- La recuperación del palacete: una intensa historia. Juan Antonio González Cárceles, Presidencia del Gobieno, Madrid, 2009
- Madrid, la Moncloa. María Teresa Fernández Talaya. Ediciones La Librería, Madrid, 2011

lunes, 22 de abril de 2013

El antiguo Palacete de la Moncloa (1): historia y descripción

El actual Palacio de la Moncloa es heredero de una antigua casa de campo, emplazada en medio de una extensa hacienda agrícola, por la que han desfilado marqueses, duques y reyes.

Su origen se remonta al primer tercio del siglo XVII, cuando Gaspar de Haro y Guzmán, marqués del Carpio y de Eliche, se hizo con las huertas de la Moncloa y Sora, que estaban situadas en el entorno del arroyo Cantarranas.

En lo más alto de los terrenos, el marqués ordenó levantar una mansión, conocida inicialmente como Palacete de Eliche y también como Casa Pintada, en alusión a los frescos que adornaban los muros exteriores.

Al margen de este dato, poco más se conoce de la fisonomía original del edificio, aunque cabe suponer que fue proyectado con dos plantas y desván, tal y como se desprende de una tasación realizada en el siglo XVIII.


Año 1920.

Después de pasar por diversos propietarios, la Moncloa fue comprada en 1781 por María Ana de Silva, duquesa de Arcos, quien acometió la primera gran reforma del palacete, siguiendo las corrientes neoclásicas del momento.

Tras su fallecimiento en enero de 1784, la propiedad pasó a su hija, María del Pilar Teresa Cayetana de Silva, la popular duquesa de Alba retratada por Goya.

En 1802 murió la duquesa, ocasión que fue aprovechada por el rey Carlos IV para comprar la finca, con la intención de anexionarla al Real Sitio de la Florida. Cinco años después se le sumaría la Dehesa de Amaniel o de la Villa, contigua a la Moncloa, adquirida igualmente por el monarca.

En 1816 el edificio fue restaurado por el arquitecto Isidro González Velázquez, quien procedió a su consolidación y a la eliminación de algunos elementos ruinosos, además de actuar sobre los jardines.

Durante el reinado de Isabel II, en 1846, toda la propiedad pasó a manos del Estado Español. En un primer momento estuvo bajo la dependencia del Ministerio de Fomento, hasta que se tomó la decisión de crear un museo, que pudo inaugurarse en 1929. Los trabajos de adaptación fueron dirigidos por Joaquín Ezquerra del Bayo.

Año 1938.

La Guerra Civil (1936-39) significó la práctica desaparición del inmueble, como puede comprobarse en la fotografía superior. En 1955 se llevó a cabo su reconstrucción, para ser utilizado como residencia de personalidades nacionales y extranjeras, principalmente los Jefes de Estado que visitaban España.

El proyecto, firmado por Diego Méndez, planteaba un trazado muy alejado del original. Se ideó un edificio de nueva planta, con el que la vieja casa de campo de gusto dieciochesco se transformaba en un palacio de grandes dimensiones, a partir de modelos inspirados en la Casa del Labrador, de Aranjuez, con toques de la arquitectura de los Austrias.

Incluso, se tomaron prestados elementos procedentes de otros conjuntos, como las doce columnas del antiguo patio (actual Salón de Columnas), que provienen del Palacio Arzobispal de Arcos de la Llana, en Burgos.


Planta de honor y alzado del nuevo palacio. Fuente: COAM.

Con la llegada de la democracia, el Palacio de la Moncloa fue convertido en la residencia oficial del Presidente de Gobierno y de su familia. Su primer inquilino, con este cometido, fue Adolfo Suárez, que inauguró la casa en 1977.

Descripción

A continuación analizamos la evolución arquitectónica y ornamental del palacete, desde el último tercio del siglo XVIII, cuando alcanzó su máximo esplendor, hasta su destrucción en la Guerra Civil, deteniéndonos brevemente en las aportaciones de sus principales dueños.


Gabinete de los Estucos.

Comenzamos con la duquesa de Arcos, su propietaria entre 1781 y 1784, quien puso una especial atención en los interiores. Las estancias fueron decoradas en estilo pseudoclásico, de clara influencia francesa, con abundantes motivos pompeyanos y herculanos.


Tribuna de música en el Comedor.

A este periodo corresponden el Gabinete de los Estucos y el Comedor, presidido por una tribuna de músicos, así como la suntuosa escalera que conducía a la planta superior.


Descansillo de la escalera principal.

En las dos décadas siguientes, la duquesa de Alba prosiguió con la remodelación iniciada por su madre, al tiempo que embelleció los jardines. El Jardín del Cenador, el Estanque de la Fuente Nueva y el Estanque de los Barbos fueron algunas de sus aportaciones.

Si bien su mayor contribución fue la enorme cueva construida bajo el palacete, donde se dispuso una mantequería para el suministro de productos lácteos a la Casa de Alba. Este sótano sobrevivió a la Guerra Civil y en él Felipe González estableció su famosa "bodeguiya".


Gabinete de Carlos IV.

Por su parte, Carlos IV no realizó demasiadas reformas. Aún así, fue instalada una escalera de caoba en el vestíbulo y se habilitó un despacho, para uso personal del soberano, en uno de los dormitorios.


Escalera de caoba.

En tiempos de José I, se procedió a la renovación de la decoración. Esta tarea fue desarrollada por el arquitecto y pintor Juan Digourc, de origen francés.

En lo que respecta a la restauración de Isidro González Velázquez, su trabajo fue decisivo para detener el proceso de deterioro en el que se encontraba el palacete, aunque también hizo algunos edificios de nueva factura, entre ellos una Casa de Oficios.

Pero, sin duda alguna, la restauración más importante fue la desarrollada entre 1918 y 1929 por la Sociedad Española de Amigos del Arte, bajo la dirección de Joaquín Ezquerra del Bayo. De este momento son las fotografías de interiores que adjuntamos.


Antealcoba de la duquesa.

Esta actuación fue especialmente minuciosa y persiguió recuperar la fisonomía que el palacete tuvo en el siglo XVIII, para ser convertido en museo.

Hasta tal punto este espíritu estuvo presente que, a modo de ejemplo, se logró descubrir la decoración helénica que ordenó realizar la duquesa de Arcos para su alcoba y antealcoba, oculta bajo diferentes capas de pintura.


Alcoba de la duquesa.

Mención especial merecen los jardines de la finca, sobre los que intervino en 1922 el prestigioso pintor y jardinero Javier Winthuysen, pero esto lo dejamos para una próxima entrega.

Bibliografía

La recuperación del palacete: una intensa historia. Juan Antonio González Cárceles, Presidencia del Gobieno, Madrid, 2009
Madrid, la Moncloa. María Teresa Fernández Talaya. Ediciones La Librería, Madrid, 2011