martes 25 de mayo de 2010

La Puerta del Labrador

Buscando las otras puertas de Madrid, llegamos hasta Aranjuez, donde nos detenemos en la Puerta del Labrador, uno de los accesos con los que cuenta el fastuoso Jardín del Príncipe.

Este recinto ajardinado, ejemplo del paisajismo dominante a finales del siglo XVIII y principios del XIX, es una de las obras más desconocidas de Juan de Villanueva (1739-1811), tal vez porque el insigne arquitecto madrileño no participó en el proyecto desde el principio, sino en las fases finales.

El diseño original data de 1772 y fue elaborado por Pablo Boutelou, a instancias de Carlos IV, por entonces Príncipe de Asturias. El jardinero real armonizó, con un nuevo trazado, los huertos y parques que se extendían al oeste del Palacio Real de Aranjuez, la mayor parte de ellos levantados durante el reinado de Fernando VI (r. 1746-1759).

Pero fue Villanueva quien dio a los jardines la fisonomía que ha llegado hasta nosotros, cuando, en 1784, se hizo cargo de la ordenación del sector oriental y, en 1790, intervino sobre el occidental, con el comienzo de las obras de la Casa del Labrador.

Fue en este contexto cuando diseñó la Puerta del Labrador, una entrada de porte monumental que conducía directamente hasta el citado palacete, hecho para el disfrute personal del rey Carlos IV (r. 1788-1808) y de su esposa, María Luisa de Parma (1751-1819).

Se trata de un lujoso pabellón de tres plantas que, si bien fue comenzado por Villanueva, tiene el sello personal de su discípulo, Isidro González Velázquez (1765-1829). Éste fue quien lo acabó en 1802, responsabilizándose, entre otras tareas, de la profusa ornamentación exterior, inspirada en motivos clasicistas.















Dibujo de Fernando Brambila, correspondiente a la serie 'Vistas de los Sitios Reales y de Madrid' (hacia 1830), con la Puerta del Labrador en el centro.

Pero dejemos la descripción de este edificio para otro momento y centrémonos en la puerta que le sirve de entrada. Fue levantada en el año 1803, frente a la fachada principal de la Casa del Labrador, de la que le separa una ancha avenida arbolada, con plantaciones de magnolios y plátanos de un tamaño considerable.

Su fábrica es sillería de piedra de granito. Está integrada por dos grandes arcos de medio punto, con dovelas dispuestas en estrella, que quedan separados por un amplio vano, en el que hay instaladas dos columnas exentas. Todos estos elementos se unen mediante una verja, en la que se abren tres puertas de hierro forjado.

Los arcos se cubren con un entablamento de orden dórico, con el característico friso de triglifos y metopas. Por encima emergen diferentes esculturas, en las que se representan utensilios de labranza y jardinería, que se han perdido en gran parte. Estos ornatos aluden a la antigua vivienda de agricultores que hubo en la zona, de la que toma su nombre la Casa del Labrador.

Villanueva asume con este toque decorativo las incipientes corrientes románticas del momento, que igualmente son visibles en los adornos que descansan sobre las columnas. Éstos consisten en cestas de mimbre con ramos de flores.

Las columnas también son dóricas, pero no están coronadas con capiteles, sino con entablamentos que guardan cierta similitud con los de los arcos, creando un efecto de continuidad de las distintas piezas, en la parte superior.

















Vista de la puerta desde el exterior del Jardín del Príncipe.

Juan de Villanueva realizó cuatro de la seis puertas monumentales de las que consta el Jardín del Príncipe. Además de la del Labrador, proyectó la de la Calle de Carlos III, la de Calle de Apolo y la del Embarcadero Real, esta última considerada como la entrada principal del recinto.






















Detalle desde el interior de los jardines.

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También puedes consultar este otro artículo:

lunes 24 de mayo de 2010

Románico en Chinchón

Recuperamos la serie "En busca del románico y del mudéjar" con la visita a la Ermita de San Antón, en Chinchón. Aquí encontramos un sencillo ábside medieval, uno de los elementos arquitectónicos más antiguos del municipio.

Esta pequeña ermita fue erigida muy probablemente en el siglo XIII, pero de esta época sólo se conserva la cabecera. El resto corresponde a la reconstrucción efectuada en el siglo XVIII, cuando se levantó la humilde estructura de planta de cruz latina que ha llegado a nuestros días.

Diferentes placas y carteles informativos, instalados junto al edificio, sostienen que su origen se sitúa en el siglo XI, fecha que se antoja demasiado temprana, tanto por razones históricas como artísticas.

Debe señalarse que la conquista cristiana de la zona se produjo a finales del siglo XI y que los procesos de repoblación cobraron solidez en el XII.

El ábside presenta características formales presentes en otros templos del siglo XIII, existentes en la Comunidad de Madrid. Tiene forma de semitambor y se corona en la parte superior con canecillos de perfil anacelado, hechos en ladrillo.

Aunque su superficie se encuentra actualmente enfoscada, se intuye que su fábrica es mampostería con hiladas de ladrillo, siguiendo el modelo imperante en el románico-mudéjar madrileño. Presenta un vano cuadrangular, abierto con posterioridad a su constucción.

En lo que respecta al interior, hay que destacar sus tres pequeños retablos: uno dedicado a San Antón, otro a Nuestra Señora de los Remedios y el último a San Esteban, a quien la ermita estuvo advocada inicialmente.






















Vista de la cabecera románico-mudéjar.






















Fachada principal de la ermita.

domingo 23 de mayo de 2010

Buscando los restos de las primeras fuentes barrocas (4): la Mariblanca


Estatua original de la Mariblanca, en la Casa de la Villa (fuente de la imagen: 'Arte y diplomacia de la monarquía hispánica en el siglo XVII', de José Luis Colomer, año 2003).

Buscando los restos de las primeras fuentes barrocas madrileñas, llegamos hasta la Casa de la Villa. Aquí se encuentra la escultura original de la Mariblanca, nombre popular con el que se designa a la pequeña Venus o Diana (no hay consenso al respecto), que estuvo en lo alto de la Fuente de la Fe, en plena Puerta del sol, junto a la desaparecida Iglesia del Buen Suceso.

La historia de esta fuente -particularmente, la de la estatua a la que nos estamos refiriendo- es tan azarosa que cuesta seguirle la pista. Hubo una primera construcción, diseñada por Rutilio Gaci en 1618 y realizada en 1625 por el escultor catalán Antonio de Riera, en colaboración con Francisco del Río, Guillem de Bona y Martín de Azpillaga.

La Mariblanca fue comprada en Italia por el mercader florentino Ludovico Turchi. Llegó a Madrid decapitada, debido al trasiego del viaje, razón por la cual Turchi descontó 100 reales al carretero que la transportó, llamado Domingo Núñez.

En 1727 la fuente fue sustituida por otra, obra del arquitecto madrileño Pedro de Ribera. Este cambio no significó la destrucción de la figura de mármol, que, muy al contrario, volvió a ser colocada en la parte superior de la nueva estructura.

















Dibujo de la Fuente de las Arpías, de Pedro de Ribera, coronada con la Mariblanca.

Siguiendo las corrientes artísticas del momento, correspondientes a un barroco evolucionado, la fuente de Ribera estaba profusamente adornada y constaba de otros conjuntos escultóricos, entre ellos un grupo de arpías, que arrojaban agua. Es por ello por lo que empezó a ser conocida como Fuente de las Arpías.

En 1838, se procedió a su demolición, según dicen por su mal estado, si bien la Mariblanca consiguió nuevamente salvarse. La estatua fue trasladada a la Plaza de las Descalzas Reales, donde fue colocada en otra fuente pública, aunque mucho menos artística que las anteriores.






















Fotografía de 1864 de Alfonso Begué, con la Mariblanca en lo alto de la Fuente de las Descalzas Reales.

La Fuente de las Descalzas desapareció en 1892. Una vez más la piqueta se apiadó de la Mariblanca, que fue llevada a los depósitos municipales. Aquí permaneció algo más de dos décadas, hasta que, en 1914, se decidió instalarla en el Parque de El Retiro y, posteriormente, en el Museo Municipal.

La Mariblanca, en su antiguo emplazamiento del Paseo de Recoletos.

En 1969 fue colocada en el Paseo de Recoletos, en el estanque de planta rectangular existente al inicio de la vía. Este lugar pudo convertirse en su tumba, pues allí sufrió una terrible agresión, que la seccionó en varias partes. Corría el año 1984.

Convenientemente restaurada, encontró refugio en el zaguán principal de la Casa de la Villa y allí sigue escondida, casi sin posibilidad de ser contemplada. Paralelamente, se hicieron dos réplicas, de menor tamaño que la estatua original, para su exhibición pública.

Una de ellas preside actualmente el ángulo noroccidental de la Puerta del Sol. Fue hecha en 1986, durante la reforma llevada a cabo en la plaza, a instancias del por entonces alcalde Enrique Tierno Galván.

Primera ubicación de la réplica de la Mariblanca, en el solar donde estuvo la Iglesia del Buen Suceso.

En un primer momento, estuvo ubicada en la confluencia de la Calle de Alcalá y de la Carrera de San Jerónimo, cerca del que fue su emplazamiento primitivo. Pero con la última remodelación de la Puerta del Sol, concluida en 2009, fue trasladada al otro extremo de la plaza, en la embocadura de la Calle del Arenal.

La otra copia está en el Museo de la Ciudad, en la Calle del Príncipe de Vergara.






















Copia de la Mariblanca, en su enclave actual, junto a la Calle del Arenal.

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La serie "Buscando los restos de las primeras fuentes barrocas" consta de estos otros reportajes:
- Introducción
- Fuente de Orfeo
- Fuente de Diana
Fuente de la Abundancia
- Fuente de Endemión

El Convento de Santo Tomás

















En 1875, tres años después de sufrir un aparatoso incendio, fue demolido el Convento de Santo Tomás, una de las más relevantes arquitecturas barrocas que hayan existido en Madrid. Estaba situado en la Calle de Atocha, en la manzana donde hoy se levantan la actual Parroquia de Santa Cruz y diversos bloques de viviendas.

Surgió a mediados del siglo XVI, como un gabinete destinado a la enseñanza teológica, dependiente de los dominicos del Real Monasterio de Nuestra Señora de Atocha.

En 1583 se segregó de esta institución, a instancias de Fray Diego de Chaves, confesor de Felipe II y del príncipe Carlos de Austria, y alcanzó entidad propia, como Convento Dominico de Santo Tomás de Aquino.

La primera mitad del siglo XVII significó un momento de esplendor para la fundación. En 1626 quedó bajo el patronazgo del Conde Duque de Olivares, quien impulsó su total remodelación, con la construcción en 1636 de un edificio de nueva planta, en el que no se escatimaron medios.

En él se impartieron estudios públicos, con un total de ocho cátedras, razón por la cual también fue conocido como Colegio de Santo Tomás.

La historia posterior es una cadena de hechos luctuosos. En 1652 tuvo lugar un primer incendio, que obligó a reconstruir, casi por completo, tanto el convento como su iglesia. Una vez terminadas las obras, la cúpula (en otras versiones, el altar mayor) se vino abajo y murieron aplastadas más de ochenta personas. Corría el año 1726.

En 1756 volvió a quemarse, aunque, en esta ocasión, no hubo grandes destrozos. En 1834 varios religiosos fueron asesinados dentro del convento, en el contexto de unas revueltas populares. Dos años después, fue desamortizado, con lo que las dependencias conventuales pasaron a tener un uso civil, como sede de diferentes organismos ministeriales y judiciales.

La iglesia, en cambio, continuó dando servicio religioso y en 1868 acogió a la vecina Parroquia de Santa Cruz, cuyo primitivo templo, ubicado en la plaza que lleva su nombre, desapareció durante la revolución que destronó a Isabel II.

Así se mantuvo hasta 1872, cuando se produjo el terrible incendio que puso en jaque la estructura. En 1875 las autoridades tomaron la decisión de destruirlo, ante la amenaza de ruina.

Las fatalidades no acabaron ahí, ya que, durante el derribo, se hundió una de las bóvedas y cuatro obreros quedaron sepultados. Afortunadamente, pudieron ser rescatados con vida.

Sobre su solar, fue levantada entre 1889 y 1902 la actual Iglesia de Santa Cruz, a partir de un diseño neogótico de Francisco de Cubas.






















Recreación del incendio en un grabado del siglo XIX.

Los elementos arquitectónicos de mayor interés artístico del antiguo Convento de Santo Tomás eran la iglesia -en su momento, una de las más grandes de Madrid-, la suntuosa Capilla de Santo Domingo en Soriano y el claustro de factura barroca. De todos ellos hablamos a continuación.

Iglesia






















La iglesia era de grandes dimensiones y tenía planta de cruz latina. En el crucero se elevaba una enorme cúpula con pechinas, decoradas con pinturas al fresco. La fachada destacaba por sus tres portadas claramente barrocas, diseñadas por Jerónimo y Nicolás de Churriguera, hijos del célebre arquitecto madrileño José de Churriguera.
















Las tres portadas de la fachada principal, antes de la demolición del templo.






















Vista de la iglesia desde la Plaza de Santa Cruz en 1875, poco antes de procederse a su derribo.






















Interior. Año 1875.






















Lateral de la iglesia, en el año 1875. Tres años después del incendio, la estructura se encontraba muy dañada, como puede apreciarse en las grietas que aparecen sobre el muro.

Capilla de Santo Domingo en Soriano

Esta capilla se levantó durante el reinado de Felipe IV y fue costeada por Fernando de Fonseca Ruiz de Contreras, marqués de la Lapilla. Estaba comunicada con el exterior a través de una portada de piedra berroqueña, situada en la propia fachada principal y hecha por Juan Marroquín.

El interior estaba adornado con gran lujo. Aquí se guardaban diferentes obras de arte, entre ellas una notable pintura de Antonio Pereda, realizada entre 1653 y 1656, en el que se representa a Santo Domingo en Soriano.

Este lienzo se salvó del incendio de 1872 y pasó a manos del Marqués de Cerralbo, en aquel entonces patrono de la capilla. Actualmente se exhibe en la escalera de honor del Museo Cerralbo.

Es posible que el cuadro de Pereda sustituyera al pintado en 1629 por Juan Bautista Maíno, sobre el mismo tema, que lamentablemente ha desaparecido. Debe señalarse que este último artista vivió como religioso en el Convento de Santo Tomás desde aproximadamente 1626 hasta 1649, cuando murió y recibió sepultura en el complejo conventual.






















'Santo Domingo en Soriano', obra de Antonio Pereda.

Claustro

El incendio de 1872 y la posterior demolición del edificio supusieron la pérdida del que puede ser considerado como el patio barroco más bello de Madrid. De esta impresionante creación de José Donoso sólo quedan el recuerdo y algunos documentos gráficos.

















Claustro. Año 1875.

viernes 21 de mayo de 2010

Buscando los restos de las primeras fuentes barrocas (3): Diana

Nos dirigimos hacia la Fuente de la Cruz Verde, situada en la plaza del mismo nombre, muy cerca del viaducto, donde nos encontramos con unas pequeñas estatuas, en las que se representan dos pequeños delfines, en piedra de caliza, y a Diana Cazadora, en mármol blanco.

Se trata de los únicos vestigios que se conservan de la desaparecida Fuente de Puerta Cerrada, llamada también de Diana o de los Cartelones, que estuvo enclavada en la confluencia de las calles de San Justo y de Segovia, donde tenía su inicio uno de los viajes de agua medievales de la villa.














La Fuente de Puerta Cerrada, junto a la fachada del Palacio Arzobispal. Al fondo, la popular cruz de piedra que define a la plaza.

Esta fuente fue proyectada por el escultor toscano Rutilio Gaci en el primer tercio del siglo XVII. Estaba integrada por un cuerpo principal de forma cilíndrica, alrededor del cual se disponían cuatro conchas.

En la parte superior, se elevaba la citada escultura de Diana, diosa romana de la caza, que aparecía ataviada con túnica corta y acompañada de un perro, en lugar del característico ciervo, con el que tradicionalmente se ha representado a esta divinidad clásica. Fue adquirida hacia 1620 por Ludovico Turchi.

Todo este conjunto fue desmantelado en 1849, en el contexto de una intensa campaña periodística en el que se cuestionaba la figura de los aguadores, por la aparatosidad y bullicio derivados de su oficio.

El Ayuntamiento de Madrid, haciéndose eco de estas críticas, procedió al derribo de las viejas fuentes barrocas del siglo XVII y, en algunos casos, optó por un cambio de localización del suministro de agua, a lugares más o menos alejados, donde la actividad de los aguadores no provocase grandes molestias.

La Fuente de la Cruz Verde se construyó casi en la salida de la ciudad, buscando esta última finalidad. Fue edificada con materiales de derribo en 1850, a partir de un diseño de Martín López Aguado, arquitecto y fontanero mayor de Madrid, quien ideó una solución mural, aprovechando el terraplén artificial del antiguo huerto del Convento del Sacramento.






















Fotografía de Diego González Ragel (1893-1951), donde se ven la Plaza de la Cruz Verde y la fuente mural del mismo nombre, en la primera mitad del siglo XX.






















Detalle del grupo escultórico de la Fuente de la Cruz Verde, procedente de la desaparecida Fuente de Puerta Cerrada.

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La serie "Buscando los restos de las primeras fuentes barrocas" consta de estos otros reportajes:
- Introducción
- Fuente de Orfeo
- Fuentes de la Fe y de las Arpías (la Mariblanca)
Fuente de la Abundancia
- Fuente de Endemión

miércoles 19 de mayo de 2010

Buscando los restos de las primeras fuentes barrocas (2): Orfeo

Visitamos el Museo Arqueológico Nacional, lugar en el que se guarda la estatua de Orfeo, hecha en mármol blanco. Es el único vestigio que se conserva de la fuente barroca que presidió la Plaza de la Provincia durante más de dos siglos y medio.

La primitiva Fuente de Orfeo, antes de su desaparición en 1869.

La fuente fue inaugurada en 1618, tan sólo un año después de que Gómez de Mora la diseñase y once años antes de que este mismo arquitecto comenzase la construcción de la Cárcel de Corte, a pocos metros del emplazamiento de la fuente.

Su realización fue contratada a Gaspar Ordóñez, quien, a su vez, traspasó el encargo a los maestros de obras Juan de Chapitel y Martín de Azpillaga.

Siguiendo el modelo imperante en la época, constaba de tres piezas fundamentales: un pilón, un cuerpo principal y una estatua en la coronación. Gómez de Mora ideó una solución más arquitectónica que escultórica, a modo de gran pedestal, lo que hace pensar que la figura de Orfeo ya existía antes del proyecto. Hay constancia histórica de este extremo.

Todo ello fue derribado en 1869, con excepción de Orfeo, que escapó milagrosamente de la piqueta.

A finales del siglo XX, se hizo una reproducción de la vieja fuente, a partir de la observación y análisis de documentos históricos. Esta réplica fue colocada en 1998 en uno de los laterales de la Plaza de la Provincia, mirando hacia la antigua Cárcel de Corte, el actual Ministerio de Asuntos Exteriores, contrariamente a su disposición primitiva -de espaldas a este edificio-.

Ninguno de sus componentes son los originales, ni siquiera el Orfeo que remata la estructura, cuyo original continúa a buen recaudo en el Museo Arqueológico Nacional, en la Calle de Serrano, aunque con visibles signos de deterioro, como puede comprobarse en una imagen inferior.

Reproducción contemporánea del Orfeo que presidió la fuente primitiva.

Estado actual de la estatua original de Orfeo, que se conserva en el Museo Arqueológico Nacional. Como puede apreciarse, se encuentra mutilada y prácticamente ha desaparecido el perro que le acompañaba (fuente de la imagen: 'Arte y diplomacia de la monarquía hispánica en el siglo XVII', de José Luis Colomer, año 2003).

Artículos relacionados

La serie "Buscando los restos de las primeras fuentes barrocas" consta de estos otros reportajes:
- Introducción
- Fuente de Diana
- Fuentes de la Fe y de las Arpías (la Mariblanca)
- Fuente de la Abundancia
- Fuente de Endemión

martes 18 de mayo de 2010

Buscando los restos de las primeras fuentes barrocas (1): introducción


En el primer cuarto del siglo XVII, Madrid fue adornada con distintos elementos urbanos de porte monumental, hechos con materiales suntuosos como el mármol o el bronce.

Existía el deseo de que la recién estrenada capital de España tuviera una apariencia digna de tal rango y, para ello, se siguió la línea ornamental de otras ciudades europeas.

Una de las vías utilizadas para el embellecimiento de las calles fueron las fuentes públicas. En apenas dos años, entre 1617 y 1618, fueron proyectadas siete fuentes artísticas, todas ellas inspiradas en temas mitológicos.

El arquitecto madrileño Juan Gómez de Mora (1586-1648) se responsabilizó de las fuentes de las plazas de la Provincia y de la Cebada, las dos primeras que vieron la luz dentro del citado plan urbanístico. Fueron diseñadas en 1617 y terminadas en un plazo relativamente corto.

Un año después, el escultor toscano Rutilio Gaci (1570-1634) proyectó las otras cinco, si bien su ejecución se demoró hasta las postrimerías del reinado de Felipe III (r. 1598-1621) e, incluso, a la llegada del rey Felipe IV (r. 1621-1665).

En ellas colaboraron maestros españoles como Francisco del Valle, Antonio de Riera y Francisco del Río. Fueron colocadas en las plazas de las Descalzas Reales, del Salvador, de la Puerta Cerrada, de la Puerta de Moros y de la Puerta del Sol.

Un elemento común era la presencia de un remate escultórico, generalmente de carácter mitológico. Para ello fue clave la actuación del mercader florentino Ludovico Turchi, que vendió al consistorio madrileño varias esculturas que él había adquirido previamente en Italia.

De todo este fascinante conjunto no queda casi nada, al margen de unos cuantos vestigios diseminados por diversos puntos de Madrid, correspondientes a cinco de las siete fuentes proyectadas en el primer tercio del siglo XVII.

Seguimos su pista a través de la serie de reportajes "Buscando los restos de las primeras fuentes barrocas", que consta de estos artículos:

Fuente de Orfeo. La escultura original de Orfeo forma parte de la colección del Museo Arqueológico Nacional. Es el único resto que ha llegado a nuestros días de la primitiva fuente de la Plaza de la Provincia, diseñada por Gómez de Mora en 1617. En 1998 se hizo una reproducción de la fuente, ubicada junto a uno de los soportales de la plaza (más información).

Fuente de Diana. Fue diseñada por Rutilio Gaci e instalada en la Plaza de Puerta Cerrada. Se conserva el grupo escultórico de Diana Cazadora y dos delfines, integrados en el frontal de la decimonónica Fuente de la Cruz Verde, en la plaza del mismo nombre (más información).

Fuentes de la Fe y de las Arpías (la Mariblanca). La Fuente de la Fe fue diseñada en 1618 por Rutilio Gaci. En 1727 fue destruida y sustituida por otra fuente, obra de Pedro de Ribera, conocida como de las Arpías. El único vestigio de ambas es la popular estatua de la Mariblanca, que estuvo presidiendo las dos construcciones. La figura original se encuentra en la Casa de la Villa, mientras que en la Puerta del Sol y en el Museo de la Ciudad se exhiben dos modernas réplicas (más información).

Fuente de la Abundancia. Esta obra de Gómez de Mora estuvo en la Plaza de la Cebada hasta principios del siglo XIX, cuando fue derribada. Algunos elementos arquitectónicos se salvaron y fueron aprovechados para construir La Fuentecilla, un monumento levantado en 1815 en honor de Fernando VII. Existe una escultura en el Museo de Historia de Madrid, que algunos autores identifican con la imagen de la Abundancia, que decoró la parte superior de la fuente (más información).

Fuente de Endemión. Proyectada por Rutilio Gaci, estuvo instalada en la Carrera de San Francisco, a la altura de la Plaza de la Puerta de Moros, hasta mediados del siglo XIX. Alojó dos grupos escultóricos, un Neptuno realizado por Manuel Pereira, del que no hay rastro alguno; y una estatua de Endimión, que fue llevada en 1850 a la Fuente de Lavapiés, que también ha desaparecido. La escultura se salvó de la piqueta y se conserva en el Museo de Historia de Madrid (más información).


Restos escultóricos de las primeras fuentes barrocas madrileñas. De derecha a izquierda: Endimión (en el Museo de Historia de Madrid), Diana Cazadora (en la Fuente de la Cruz Verde), la Mariblanca (original de la Casa de la Villa), Orfeo (en el Museo Arqueológico Nacional) y, posiblemente, la Abundancia (en el Museo de Historia de Madrid).

sábado 15 de mayo de 2010

La Romería de San Isidro en ocho imágenes históricas y artísticas

Hoy se celebra la festividad de Isidro de Merlo y Quintana, más conocido como San Isidro Labrador, que vio la luz en Madrid hace aproximadamente 930 años.

En su honor, los madrileños celebran cada 15 de mayo diferentes actos festivos, religiosos y lúdicos, entre los que ocupa un lugar preferente la romería a la Pradera de San Isidro.

Hacemos un repaso a esta popular tradición a través de ocho imágenes históricas y artísticas, que recorren los tres últimos siglos.










La romería en 1788, tal y como la plasmó Francisco de Goya en 'La pradera de San Isidro'.









Varios años después, Goya ofreció una visión completamente diferente de los actos festivos de la pradera. El cuadro 'La romería de San Isidro', una de las pinturas negras del artista, está fechado entre 1819 y 1823.

















Estampa realizada entre 1801 y 1850, donde se aprecia el ambiente festivo de la pradera.






















Dibujo sarcástico publicado en 1870 en 'La Ilustración de Madrid', con el título 'La Romería de San Isidro: cómo van, cómo vuelven'.















Cuadro de José Gutiérrez Solana, titulado 'Verbena en la Pradera de San Isidro', pintado hacia 1908-1915.

















Atracciones mecánicas en la pradera, en el año 1930.















Vista de la pradera el 15 de mayo de 1950.















Un grupo de romeros junto a la Ermita de San Isidro, en 1961.

miércoles 12 de mayo de 2010

El Puente Nuevo

El Puente Nuevo, también llamado de Las Minas, se levanta sobre el río Guadarrama, en el término municipal de Galapagar, aunque es accesible desde el casco urbano de Torrelodones.

Es una obra del último tercio del siglo XVI, atribuida a Juan de Herrera, que se construyó para acondicionar uno de los caminos que comunicaban Madrid con el Real Sitio de El Escorial.

















En la fotografía superior, vista del Puente Nuevo en el año 2008. En la imagen inferior, correspondiente a una postal de los años setenta del siglo XX, puede verse el entorno del puente convertido en una concurrida zona de baño. En aquel entonces, no existía la vegetación de ribera de la actualidad, que ha terminado por ocultar los tajamares y estrechar el cauce del río Guadarrama, en esa parte retenido en una pequeña presa.

Historia

Las construcción entre 1563 y 1584 del Monasterio de El Escorial marcó un periodo de auge constructivo en la vertiente meridional de la Sierra de Guadarrama, a cuyos pies se alza este imponente monumento renacentista.

Muchos pueblos de la comarca aprovecharon los beneficios económicos que concedía la Casa Real para remodelar sus edificios públicos, principalmente las iglesias parroquiales, y adaptarlos al nuevo estilo arquitectónico que Juan de Herrera dejó definido en el monasterio, conocido universalmente con su apellido.

Además de las obras realizadas por los ayuntamientos de la zona, la Corona impulsó directamente diferentes proyectos, dirigidos, en su mayor parte, a mejorar los caminos que el rey Felipe II utilizaba en sus desplazamientos desde Madrid, donde en 1561 había establecido la Corte, y El Escorial.

El Puente Nuevo fue una de las nuevas infraestructuras creadas, dentro de ese plan viario llevado a cabo por la monarquía. Se encuentra a medio camino entre Torrelodones y Galapagar, dos municipios que se vieron especialmente beneficiados por el intenso tránsito de viajeros que generó la fundación del monasterio, con el desarrollo de una potente industria hostelera.

Hasta la edificación del citado puente, la vía más utilizada por Felipe II era el Real Camino de Valladolid, que pasaba por Torrelodones, Collado Villaba y Guadarrama. Una vez inaugurado, se abrió una ruta más rápida y confortable, que, desviándose en Torrelodones, llegaba hasta Galapagar y, desde aquí, hasta El Escorial.

Descripción

El puente fue finalizado en 1583, un año antes de que, oficialmente, se dieran por concluidas las obras del Monasterio de El Escorial. Se trata de una construcción inequívocamente vinculada a esta fundación, como así prueban las parrillas escurialenses instaladas en cada uno de sus frontales.

Se cree que su autor fue el propio Juan de Herrera, aunque también es posible que su diseño correspondiera a alguno de sus discípulos y que el arquitecto real sólo lo supervisase, en su calidad de Inspector de Monumentos de la Corona, cargo que había conseguido en 1579.

Sí se sabe que en la fábrica intervinieron los maestros canteros de origen cántabro Juan y Pedro de Nates, responsables de los sillares de piedra de granito que dan forma a la estructura.

Ésta se sostiene sobre un arco de medio punto, con doble rosca de dovelas, la primera con sillares a tizón y la segunda dispuesta a modo de estrella. El ojo se encuentra custodiado en cada frente por dos tajamares triangulares, rematados con sombreretes piramidales, que apenas pueden distinguirse en la actualidad, al encontrarse cubiertos por una tupida vegetación de ribera.

Por lo demás, el puente presenta un aspecto solemne y austero, como es preceptivo en el estilo herreriano, sin más ornatos que las referidas parrillas, símbolo del Real Monasterio. Hay que recordar que este edificio se erigió en honor de San Lorenzo, que fue quemado vivo en una parrilla.

Hasta el último tercio del siglo XX, el puente soportaba un intenso tráfico, al pasar por su rasante la comarcal M-519, que actualmente discurre por un moderno viaducto, cercano a su emplazamiento.

Las obras realizadas en la carretera dejaron al descubierto el enlosado renacentista del tablero, tras eliminarse la capa de asfalto, razón por la cual se optó por su peatonalización, como medida de protección.

Como curiosidad, debe señalarse que, en uno de los extremos del puente, se ubica un mojón de piedra de 1793, que delimita un vedado de caza menor.

















El puente, aguas arriba.

















Vista aguas abajo.






















Mojón de caza, situado junto al puente.

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