jueves, 24 de junio de 2010

El Puente del Perdón

Muy cerca de la Cartuja de El Paular, en Rascafría, se encuentra el Puente del Perdón, levantado en el siglo XVIII sobre las aguas del río Lozoya. Presenta una inconfundible factura barroca, en la línea de otros puentes de la época, como el de Toledo.

La estructura que ha llegado hasta nosotros no es la original. Hubo un primitivo puente medieval, que fue edificado en el año 1302, en el contexto de los procesos de repoblación llevados a cabo por la Comunidad de Villa y Tierra de Segovia. Por lo tanto, su origen es anterior al del Monasterio de El Paular, cuyo primer embrión fue un pequeño cenobio fundado en 1390.

Pese a ello, el puente tuvo un uso posterior claramente vinculado con los cartujos. Era la forma más rápida y directa que éstos tenían para llegar a Los Batanes, unos molinos situados en la otra orilla del Lozoya, que se encontraban bajo su explotación.

En ellos los monjes fabricaban papel, que, si bien no tenía mucha calidad, constituía una de sus más importantes fuentes de ingresos. De aquí salió el papel con el que se imprimió en 1605 la primera parte de El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha, de Miguel de Cervantes.

Prueba de la importancia que el puente tuvo para los frailes es que éstos sufragaron sus obras, una vez que se optó por derribar la vieja construcción medieval, seguramente muy deteriorada por las riadas y las inclemencias meteorológicas.



Entre la historia y la leyenda

A la hora de explicar el topónimo del puente, existe una hermosa leyenda, que participa, en muy alta medida, de hechos históricos, como la probada existencia de los llamados quiñoneros. Empezamos por éstos.

A principios del siglo XIV, cuando fue levantado el puente original, el Valle del Lozoya servía de refugio a numerosos malhechores, muchos de ellos moriscos expulsados de las ciudades, que aprovechaban los abundantes bosques de la zona y la complicada orografía para ocultarse y tener una vida furtiva.

Era tan difícil ejercer gobierno en estas tierras que los reyes recurrieron a la Cuadrilla de los Caballeros de los Quiñones de la Ciudad de Segovia, compuesta por más de cien jinetes de lanza, para poner orden. Se trataba de auténticos milicianos, a los que se habían confiado funciones tan importantes como impartir justicia.

Su jurisdicción se extendía por los actuales términos municipales de Rascafría, Alameda del Valle, Oteruelo del Valle y Pinilla del Valle, pueblos hoy día madrileños, que surgieron bajo el impulso repoblador del concejo segoviano.

Hasta aquí lo que podemos considerar como fuentes históricas. Vayamos ahora con la parte de leyenda, en la que encontramos las claves del nombre del puente.

Cuando los quiñoneros apresaban a algún delincuente, lo conducían hasta la Casa de la Horca, situada a unos cinco kilómetros de la Cartuja de El Paular, donde tenían lugar las ejecuciones.

Si el reo era indultado, la costumbre era comunicarle la noticia de su liberación justo en el puente, paso obligado en el camino hacia el caldalso, que, por esta razón, terminó siendo conocido como del Perdón.

Descripción artística

Aunque no hay datos sobre la fecha exacta en que fue construido, el Puente del Perdón presenta una configuración arquitectónica típica de la primera mitad del siglo XVIII. Incluso recuerda al Puente de Toledo, que fue edificado entre 1718 y 1732, a partir de un proyecto de Pedro de Ribera.

Las similitudes más evidentes se localizan en las estructuras de planta semicircular instaladas entre los arcos, dos por cada lado, que se apoyan sobre pequeños tajamares triangulares.

Cumplen una doble función: por un lado, protegen a las pilas de la erosión de la corriente y, por otro, amplían la superficie del tablero con cuatro descansaderos, en los que hay situados varios bancos de piedra.

Lejos de tener una finalidad recreativa, estos elementos fueron incorporados para facilitar la celebración de asambleas y reuniones sociales.


Vista de uno de los descansaderos.

El puente está hecho enteramente en sillería de granito. Descansa sobre tres arcos de medio punto, con dovelas en estrella, dispuestas en un plano ligeramente inclinado, rompiendo la vertical que definen los muros.

El dinamismo que proporciona este efecto queda subrayado en el pretil, donde se emplean sillares de un tamaño muy superior al resto, introduciendo una expresiva variación en el dibujo de la piedra.

La concepción inequívocamente barroca de este trazado también se aprecia en la remarcación de la línea de imposta y de los contornos del pretil.

Sin embargo, la ornamentación es escasa, limitándose a seis sencillos relieves geométricos labrados sobre el pretil, tres por cada flanco.

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