lunes, 19 de mayo de 2014

Los jardines renacentistas del Real Alcázar (2): el Jardín del Rey

Continuamos con la serie dedicada a los jardines que el rey Felipe II (1527-1598) ordenó levantar en el Real Alcázar de Madrid. Después de haber analizado el Jardín del Cierzo y El Parque (Campo del Moro), le toca ahora el turno al Jardín del Rey. En la próxima entrega nos centraremos en la Huerta de la Priora.

Jardín del Rey

El Jardín del Rey se encontraba en la esquina suroeste del Real Alcázar de Madrid, junto a la barranquera que descendía hasta el Campo del Moro. Se extendía a los pies de la Torre Dorada, que el arquitecto Juan Bautista de Toledo (1515-1567) había construido en 1560 a partir de modelos flamencos, sugeridos por el propio Felipe II.


Detalle del plano de Pedro Teixeira (1656). Museo de Historia, Madrid.

Se trataba de un auténtico giardino segreto, anejo a las habitaciones del monarca, quien se había reservado el ala occidental del palacio por sus magníficas vistas al valle del Manzanares, a la Casa de Campo y a la Sierra de Guadarrama.

A pesar de su ubicación junto a la transitada Plaza del Palacio (Plaza de la Armería), pasaba completamente desapercibido, al estar situado en un nivel más bajo, protegido por un muro que lo aislaba del gentío. Todo ello convirtió a este jardín en uno de los lugares preferidos de Felipe II.

Tenía una superficie de unos 1.000 metros cuadrados, distribuidos en una planta cuadrangular, quebrada en su lado norte por la base de la Torre Dorada. Estaba formado por dos caminos ortogonales cruzados, que daban lugar a cuatro cuadros, cada uno de ellos con una fuente en su punto central. En el cruce había dispuesta una quinta fuente, de mayor tamaño que las anteriores.


'Los volatineros delante del alcázar'. Jean L'Hermite (1596). Biblioteca Real, Bruselas.

El jardín se comunicaba con el alcázar por medio de la Galería del Cuarto del Rey (1585-86), que enlazaba la Torre Dorada con una de las torres que flanqueaban la entrada principal al edificio, tal y como puede apreciarse en el dibujo superior, de finales del siglo XVI.

Pese a la importante diferencia de cotas, también estaba conectado con El Parque (Campo del Moro), a través de unos pasadizos horadados en un muro de contención, mientras que unas escaleras le daban acceso a la Plaza del Palacio (Plaza de la Armería).

Asimismo, se barajó la idea de construir una galería que, partiendo del jardín, pusiese en contacto el alcázar con el edificio de la Real Armería y Caballerizas, ubicado en el otro extremo de la plaza. Finalmente fue levantado un muro ciego, a modo de eje de unión.

Debido a la disposición del jardín y del citado muro, la Plaza del Palacio no abarcaba la totalidad de la fachada del alcázar, sino únicamente su parte oriental, precisamente donde más visibles eran los primitivos elementos medievales. Quedaba fuera de su ángulo el sector más espectacular del palacio, donde se elevaba la majestuosa Torre Dorada.

Durante el reinado de Felipe IV (1621-1665) fue construida una nueva fachada en el alcázar. Más tarde, con Carlos II (1665-1700) en el poder, se intervino sobre la plaza, ampliándola hacia el oeste y dotándola de galerías. Ello significó la desaparición del Jardín del Rey.


Proyecto de paredón para El Parque, Juan Gómez de Mora (1625). Archivo de la Villa, Madrid.

Uno de los documentos gráficos más valiosos que existen de este jardín es el proyecto que Juan Gómez de Mora (1586-1648) hizo para levantar un paredón en la barranquera del Campo del Moro, en el quedaba reflejada su planta. A este mismo arquitecto se debe otra excepcional imagen del jardín, en este caso tridimensional, en la maqueta que confeccionó para su proyecto de reforma del Real Alcázar.


Maqueta del Real Alcázar de Madrid. Juan Gómez de Mora (1625). Museo de Historia, Madrid.

El Jardín del Rey también era conocido con el nombre de los Emperadores, por los bustos de césares romanos, desde César a Domiciano, que decoraban el recinto. Les acompañaba una representación de Carlos V, así como una copia del célebre Espinario.

La colección, que reunía obras clásicas y renacentistas, estaba compuesta por dos series: la primera llegó en 1562, regalo del Cardenal Giovanni Ricci de Montepulciano a Felipe II, y la segunda en 1568, de manos del Papa Pío V. Estos bustos se reparten en la actualidad entre el Museo del Prado y el Palacio Real de Madrid.

En este lugar también estuvo la famosa escultura Carlos V dominando el furor (1551-64), que León y Pompeyo Leoni fundieron en bronce entre 1551 y 1564. La estatua fue llevada posteriormente a Aranjuez y, más tarde, al Jardín de la Ermita de San Pablo, en el Buen Retiro, y hoy día se encuentra en el Museo del Prado.


El emperador Tiberio. Escultura anónima (hacia el año 21). Museo del Prado, Madrid (fotografía del Museo del Prado).

Junto a los ornatos clasicistas, como los citados bustos o la presencia de un nicho en la cara meridional, el jardín también reunía elementos castizos. Hay constancia de la presencia de ladrillos toledanos en el solado (que posteriormente fueron sustituidos por guijarros, en la línea del Jardín del Rey, de Aranjuez) y de azulejos pintados en los zócalos, siguiendo la más pura tradición hispano-musulmana.

Artículos relacionados


Bibliografía consultada

El jardín clásico madrileño y los Reales Sitios, de Alberto Sanz Hernando. Ayuntamiento de Madrid, Madrid, 2009

Jardines que la Comunidad de Madrid ha perdido, artículo de Carmen Ariza Muñoz. Revista Espacio, tiempo y forma, serie VII, número 14 (páginas 269-290). UNED, Madrid, 2001

De castillo a palacio: el Alcázar de Madrid en el siglo XVI, de Veronique Gerard (traducido del francés por Juan del Agua). Xarait Ediciones, Bilbao, 1984

Juan Gómez de Mora, Antonio Mancelli y Cassiano dal Pozzo, de José Manuel Barbello. Archivo Español de Arte, tomo 86 (páginas 107-122). Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 2013

Catálogo de la exposición 'El antiguo Madrid': catálogo general ilustrado, varios autores. Sociedad Española de Amigos del Arte, Madrid, 1926

Velázquez y su siglo, de Carl Justi. Colección Fundamentos, número 150. Ediciones Istmo, Tres Cantos (Madrid), 1999

12 comentarios:

  1. Una descripción tan buena y tan bonita que podemos hacernos una idea perfecta de dónde estaba y cómo era el Jardín, estos temas siempre parecen confusos y tú lo explicas estupendamente. Gracias, Jesús. Espero con verdaderas ganas el post dedicado a la Huerta de la Priora!
    Abrazos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias por tus palabras, Mercedes. El del Rey era un jardín de pequeñas proporciones, pero debía tener mucho encanto (sobre todo, unas vistas espectaculares). No en vano era uno de los sitios preferidos de Felipe II.

      Abrazos, Jesús

      Eliminar
  2. Interesantísimo. Enhorabuena por la entrada. Loable su labor de dar a conocer la historia de Madrid y sus maravillas.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias Olímpico Misántropo y bienvenido. Intentamos divulgar la historia y patrimonio de la ciudad y de la comunidad autónoma, siempre dentro de nuestras posibilidades.

      Gracias nuevamente, Jesús

      Eliminar
  3. Un artículo estupendo, Jesús. Este "jardín secreto" enlaza con el de Aranjuez, como bien señalas, y con el del Escorial, todos de la misma tipología. Quería añadir que con Carlos II sólo se cubrió con chapitel la torre de la Reina, orientada a sureste, que permanecía sin rematar con Felipe IV, como vemos en el Teixeira.
    Podías organizar un ciclo de conferencias en la Biblioteca Regional porque el tema es fascinante.
    Enhorabuena por la segunda entrega.
    Un abrazo

    ResponderEliminar
  4. Hola Antonio:

    Muchas gracias, sobre todo por solventar el despiste que he tenido al atribuirle a Carlos II la fachada definitiva del Alcázar y no a sus predecesores, Felipe III y Felipe IV, que fueron realmente quienes la impulsaron. En honor del último de los Austrias, sí hay que decir que, durante su reinado, se realizó la soberbia plaza que Filippo Pallotta plasmó al menos en dos dibujos y que significó la desaparición del Jardín del Rey.

    Gracias otra vez y abrazos, Jesús

    ResponderEliminar
  5. Hola Jesús. Impagable entrada, en la que nos muestras estas zonas desaparecidas, ademas de privadas, que tenias los soberanos, en sus residencias.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  6. Hola José:
    Muchas gracias por tus palabras. Es que nuestros reyes han vivido como ídem. Me alegro de que te haya gustado.

    Abrazos, Jesús

    ResponderEliminar
  7. Respuestas
    1. Gracias Carlos. Me alegró que te guste, abrazos!!

      Eliminar
  8. ¡¡Enhorabuena!! Por fin un buen artículo recopilatorio sobre el Jardín del Rey, que aparece y desaparece a placer en los grabados del siglo XVII. Tengo entendido que fue en las “Bóvedas de Tiziano” una estancia situada precisamente a ras del suelo del jardín donde Velázquez pintó sus Meninas.

    Un saludo.

    ResponderEliminar
  9. Hola Enric:
    Muchas gracias por tus generosas palabras y por tus aportaciones, que enriquecen el artículo. Nos alegra que te haya gustado!!

    Abrazos, Jesús

    ResponderEliminar